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D. Juan Manuel de Prada

Escritor y ganador del Premio Biblioteca Breve 2007

Los riesgos de la memoria histórica. ¿Es mejor olvidar?

En Bilbao, a 19 de marzo de 2007
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Creo que este es el primer paso que tenemos que dar para entender lo que ocurrió y, a partir de ahí, sinceramente, creo que habría que tener una mirada mucho más humanista. Creo que uno de los problemas en este ejercicio de la memoria histórica, que hoy se está haciendo, es que es una mirada excesivamente ideologizada. Una vez que establecemos quiénes son los buenos y quiénes son los malos y una vez que, naturalmente, nosotros nos hemos instalado en el lado de los buenos, tratamos de trasladar hacia el pasado estos esquemas tan maniqueos. E, inmediatamente, vemos buenos y malos en todas partes, pero, sobre todo, vemos una sociedad extraordinariamente ideologizada. Da la sensación de que toda persona que combatió en la Guerra civil, o toda persona que padeció las circunstancias de la Guerra Civil, es inmediatamente fascista o comunista, dependiendo de la perspectiva desde la que veamos; pero, desde luego, extraordinariamente ideologizada, miembro de partido, afiliado a un sindicato, etc. Y todo esto es absolutamente falso.

La mayor parte de la gente que sufrió aquella guerra, era gente que estaba en sus pueblos o en sus ciudades a quien la guerra le pilla, en un bando o en otro, por circunstancias aleatorias, o prácticamente aleatorias, para sus vidas, por circunstancias de estrategia militar, dependiendo de los lugares en los que el Alzamiento triunfa o no. Pero son personas -al menos esa es la experiencia directa que tengo de haber conversado con muchos de las que sufrieron y estoy seguro que todos ustedes tienen esta misma experiencia-, personas que sufrieron la guerra en sus propias carnes, que la padecieron, que fueron los verdaderos protagonistas del sufrimiento de aquellos años. Pero que no eran, como hoy se pretende, personas que defendían unas ideas o unos conceptos ideológicos. Y, desde ese momento en que aceptamos que al final de la guerra, el 99% de las personas que la sufrieron eran personas que pasaban por allí, que tristemente pasaban por allí, que, a lo mejor, por ir a misa los domingos recibían una denuncia, o que iban paseando por la calle y de repente le caían las bombas porque vivían en Caspe, o en Guernika. Así de sencillo, así de triste y así de dramático.

Yo creo que el día que se haga la memoria desde estas personas que sufrieron anónimamente las circunstancias más dramáticas de la historia, desde el momento en que logremos desprendernos de toda esa hojarasca retórica e ideológica que planea sobre nuestros juicios, sobre estos acontecimientos; y seamos capaces de ensimismarnos en el dolor de esas personas, creo que desde ese momento sí lograremos hacer una memoria fecunda. Desde el momento, en primer lugar, que dejemos de hacer juicios anacrónicos y, la verdad, seamos capaces de plantearnos la situación tal y como era en aquellos momentos. Desde el momento en que tengamos la grandeza de ánimo, la generosidad de fijarnos en el sufrimiento de esas personas a quienes circunstancias diversas condujeron a morir, a matar o a sobrevivir en las circunstancias más extremas, desde ese momento sí creo que puede haber un verdadero ejercicio de memoria. Un ejercicio de memoria que, además, sea un ejercicio catártico, purificador, que nos reconcilie con nosotros mismos, ayudándonos al mismo tiempo a saber lo que fuimos y lo que hicimos y a reconocer que en nosotros conviven nobleza y vileza. Que fuimos capaces de acciones muy generosas, pero también fuimos capaces de acciones execrables.

Esta creo yo que es la memoria que verdaderamente sería purificadora y que sería superadora de odios. Claro, naturalmente, se me puede objetar: "pero usted, entonces, cree que no se debe homenajear a las personas que sufrieron represalias, a las personas que sufrieron depuración, a las personas que fueron perseguidas por motivos ideológicos etc., etc." Sí, sí creo que se les debe hacer un homenaje, pero creo que se les debe hacer un homenaje sentido, a esas personas. Lo que no creo es que muchas veces se utiliza a esas personas que sufrieron circunstancias oprobiosas por su ideología o por haber, simplemente, pertenecido al bando perdedor. Creo que, a veces, todo esto se utiliza para hacer elaboraciones de tipo ideológico, que robustezcan o que aureolen a quienes hoy en día podrían enarbolar, digámoslo así, esas banderas -haciendo esos ejercicios anacrónicos-, es decir, a la izquierda, o a los partidos políticos que podrían ser los sucesores de aquellos otros partidos que en los años de la Guerra Civil ocuparon lo que podemos llamar hoy el bando perdedor. Pero, sinceramente, creo que estas traslaciones tan rudimentarias, tan esquemáticas, no se pueden hacer hoy porque, creo, que si las hiciéramos, tendríamos que empezar diciendo que los partidos que hoy en día ostentan ciertas siglas, que ya entonces tenían vigencia, en los años de la República, eran partidos entonces que no defendían la democracia, que defendían la revolución de los trabajadores y la dictadura del proletariado y que, por tanto, eran partidos totalitarios.

Del mismo modo que hoy sería absurdo decir que el PSOE es un partido totalitario, creo que también es una aberración proponer que el Partido Popular, o los partidos de derecha, son meros herederos del fascismo, como, sin duda, constantemente se está haciendo. Creo que esto que, en términos ideológicos es una aberración, puesto que la derecha como la izquierda tiene muchos padres, pero, desde luego, la derecha ha tenido siempre padres democráticos. Existe una tradición democrática en la derecha. También lo es en términos puramente historiográficos. Si nos situamos en los años de la República también veremos que había persona de derechas que creían en la democracia y que esas personas y que esas organizaciones sociales y políticas terminaron, sucumbieron ante la subyugación que producía el fascismo, que, por otra parte, en vísperas de la Guerra Civil en España, era extraordinariamente minoritario.

De manera que, capacidad para superar los anacronismos, desideologización de la memoria histórica y, sobre todo, -que creo que es el ingrediente fundamental- piedad, capacidad para identificarnos, para compadecer, para padecer con quienes padecieron el dolor, el sufrimiento de aquellos años tristes. Así creo que se podría lograr una memoria verdaderamente fecunda, una memoria que, lejos de enfrentarnos, nos sirviera para hermanarnos en el recuerdo de lo que fuimos, sin complacencias, pero sin ensañamientos.

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